Un Fin de Año para recordar

“Si te vienen a contar cositas malas de mí, manda a todos a volar y diles que yo no fui”

Pedro Fernández

31 de diciembre de 2016. Fin de Año. En México no es tan común celebrar esta noche con tantos excesos como España, pero tengo unos amigos que se apuntan a lo que sea. Discoteca con cover de 200 pesos (unos 9 euros) con barra libre. Éramos cuatro. Recuerdo abrir la segunda botella de Johnnie Walker etiqueta roja. Punto. Se veía venir.

En algún momento de la noche, no muy tarde todavía, me rompí un tacón bailando. Intentaron recogerme del suelo, pero yo estaba muerta de risa y me resbalaba. Parecía que tenía mi propio estilo de break dance. En este punto decidí sentarme un ratito a ver si se me bajaba la mona. Me llegaron unos mareos de esos que se te sube toda la cena y, después de mi espectáculo bailando, preferí ir al baño a ver si vomitaba.

Después de esto recuerdo estar en el coche con mis amigos, de vuelta a casa. Todavía estaba oscuro. Qué triste regresarnos tan pronto un 1 de enero, sin desayunar antes ni nada… En fin. Yo estaba completamente convencida de que el coche estaba parado, así que decidí abrir la puerta dos segundos para terminar de vomitar lo que me quedaba. El coche estaba rodando todavía. Como a 30 o 40 por hora, pero se movía. Monté un lío… La gente discutiendo dentro del coche, mi vómito por todas partes (en el techo, en los asientos, en la ropa de los cuatro…) y el conductor que no giró a tiempo. El caso es que acabamos como trenecito con el coche en las vías del tren.

“¡Qué putada!” pensarás. Espérate, que viene la mejor parte. Serían como 5:30 de la mañana. Estado de México. Nadie, ni un alma por la calle. Sólo un carro con dos personas esperando que se abriera el semáforo para seguir su camino. Ellos lo vieron todo. Con la mala suerte de que era un coche patrulla de la Policía Federal. Intentamos arrancar el coche (¡yuhu, el motor todavía funcionaba!) pero el carro no se movía. Tres ruedas pinchadas. Los agentes mirándonos y juzgándonos no tanto por borrachos sino por estúpidos, se acercaron a ver qué pasaba.

Al final la fiesta se hizo en la calle: 6 policías, el de la grúa, nosotros cuatro, la hermana que faltaba y el marido de la misma. Una gritando, otros intentando solucionar las cosas sin que se llevaran el coche, yo vomitando dentro del carro, intentando llegar a un acuerdo con el de la grúa… Gente sacándome del coche porque pensaban que venía el tren… Todo un show.

Al final no sé cómo lo hicimos, pero lo hicimos. La grúa nos dejó el coche en la puerta de casa y la charla para ver qué había pasado con la familia de mi amiga siguió dentro. Al día siguiente, bueno, unas horas después, llevamos el coche al taller. Al menos no había pasado nada serio, sólo había que cambiar las tres ruedas y equilibrar el eje. También pasé por la tintorería para dejar la ropa de todo el mundo. Esta ronda de lavandería la invité yo. Y ya puestos llevamos a lavar el coche; por fuera y, sobre todo, por dentro.

Lo cuento ahora, que ha pasado ya un año. Pero no sabes qué mal despertar al día siguiente con ese pesar. Cruda/resaca moral. Así se fue mi Fin de Año pasado. En una semana ya nos estábamos riendo del tema, pero qué mal rato pensando que habíamos reventado el coche en las vías del tren.

¿Qué sacamos en claro de esta experiencia? Que este Fin de Año salgo más tranquila, que donde lo voy a pasar no hay vías del tren. Esperemos que sea un diciembre más tranquilo.

Publicado en Otros y etiquetado , , , , , , .

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *